En Casabindo, Jujuy, el Toreo de la Vincha convoca cada año a miles de personas entre fieles a la Virgen de la Asunción y público de todo el mundo. Un toreo donde no se hiere al animal sino que se le quita una vincha roja con monedas de oro que se ofrecen a la virgen. Hace tres siglos que se cumple este rito.

La última vez que estuve en Casabindo, Jujuy, hasta que la cabeza y el cuerpo de un joven torero saltaron por el aire impulsados por la cornada del toro, los guarismos eran tres a uno, los toros ganándole a los toreros.

En el Toreo de la Vincha histórico que se realiza cada 15 de agosto en Casabindo, –departamento de Cochinoca, plena puna jujeña y a 3300 msnm,– la gente grita y aplaude al torero ante la bravura del animal.

Del pueblo es pequeño y solitario en medio de la puna donde viven menos de 300 personas. Pero ese día llegan cinco mil. Hay un animador y presentador del evento que se realiza en el día de la Virgen de la Asunción, patrona del lugar, que arenga desde un micrófono al torero: “Tranquilo, Aníbal, tu hermano te está mirando desde el cielo”, le decía al joven torero que en el ruedo enfrentaba a la bestia. Su hermano había sido uno de los toreros más famosos del lugar.

Los toros también tienen su clacqué y en una ocasión, se trató de uno al que le llamaban “Chapulín” que en relación a sus dos bovinos antecesores, su bravura fue clara desde que salió como chiquetazo de la manga que une el corral con el rodeo. Entró como una nube aguerrida. Ostentó tu bravura corriendo junto a los muros de dos metros de altura y setenta centímetros de ancho que hacen de perímetro del rodeo donde cada año y desde 1700 se hace esta “fiesta”.

Cuenta la historia que fue hace trescientos años cuando los españoles querían quedarse con las tierras de la tribu Casabindo, el hijo del cacique Pantaleón Tabarca emprendió una rebelión contra los abusos de los encomenderos. Fue capturado y torturado y arrojado al centro de la plaza frente a la Iglesia junto a tres toros, uno de los cuales portaba en sus cuernos la vincha de Pantaleon que marcaba su linaje. El joven se econmendó a la Virgen y logró enfrentar a las bestias y recuperar su vincha con monedas de oro. Así, cuenta la historia, los Casabindos lograron su libertad.

No importa el día de la semana que caiga, es el día de la Virgen de la Asunción. y comienza a llegar a Casabindo un millar de personas de los distintos pueblos y países. Cuando sale el sol, se rinde homenaje a la “PAchamama”. Hay una misa tempranito, y otra después de las 11 donde la entrada de la iglesia que es de 1772 y la llaman “La Catedral de la Puna”, toda blanca y colonial, es el escenario donde hacen lo suyo el grupo de sikuris, chicos de todas las edades que tocan los sikus, un instrumento de viento confeccionado con cañas de distinta extensión que generan los distintos sonidos cuando uno los sopla.

Mientras tanto, se realiza la “Danza de los Cuartos”, bailan parejas de mujeres, “cuarteadoras”, sosteniendo los cuartos traseros de cabritos hasta que con el desgaste del movimiento se separan y también los “Samilantes”, parejas de hombres ataviados con plumas de Suris, como se le dice aquí en el norte a los ñandúes petisos, imitan el movimiento de este animal cuando advierte la proximidad de la lluvia. El baile bajo el sol del mediodía implacable de la puna, sea invierno o verano, vuelve frenético al movimiento de luz y contra luz que acompañan el sonido de cajas, redoblantes, bombos legüeros y matracas gigantes. Hay platillos pequeños que también son parte de la banda sonora.

El viento, la lluvia, el silencio son parte de este festejo que anticipa la procesión de una veintena de misa chicos, familias que llevan la imagen de su pueblito, por más lejos que estén llegan hasta aquí para la fecha. Y la Virgen de la Asunción Todos juntos recorren en procesión las calles de Casabindo, Serán unas tres manzanas de ida y de vuelta hasta que ingresan de nuevo a la Iglesia. Algunas parejas eligen también esta fecha para contraer matrimonio.

Pero lo fundamental en el Toreo de la Vincha, es que nadie lastima al toro, sino que el torero, trata de engatusar con un poncho rojo al animal y quitarle la vincha roja con monedas de “oro” que lleva en su cornamenta y si lo logra es la ofrenda a la Virgen. La gente aplaude y protesta cuando los toros son tranquilos y ni se mueven.
Desde el mediodía los organizadores arman la lista de toreros que se inscriben para ofrendar la vincha a la Virgen.

La gente que llega desde temprano, compra su entrada y se sienta en los muros del rodeo reservando su lugar con su traste. Nadie se mueve durante las horas que dura la espera hasta que comienza el espectáculo. La pared se puebla de público en dos minutos. La muchedumbre sabe que cuando empieza, son miles de personas procurando sentarse para ver el toreo. No cabe un alfiler. Así que hay que estar precavido.

En la primera calle contigüa al rodeo hay puestos de artesanías, jugos de naranja exprimido ante la vista. Sombreros de todo tipo es lo que más se vende.- Hay empanadas, locro, asado, choripan, humita en chala y tamales. Gaseosas, vino, cerveza, chicha y agua. En una ocasión yo probe asado de llama. El costillar nada más ocupaba toda la parrilla.

El calor no da tregua. Pero al que le toca la sombra, está con campera, gorro y bufanda. El contraste de la temperatura es como toda la puna. Y como todo lo que ocurre aquí mismo.

Entre el público, hay gente de todo el mundo: Japón, Australia, Canadá, Austria. Pero ningún poblador de los alrededores se pierde el embate asique están todos en sus puestos desde temprano y desde el día anterior. Son más de cinco horas para llegar y para irse, conviene emprender el regreso con tiempo aunque no haya terminado el convite, para hacer la travesía con luz del sol que a esta altura se esconde rápido detrás de las montañas cuando uno regresa a la Capital Jujueña. Parece otro país dentro de la Argentina. Es otro mundo cuando se transforma el pueblo en homenaje a la virgen.

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